RECENSIÓN DEL LIBRO: “LA MENTE BIEN ORDENADA” DE EDGAR MORIN

La formación tiene el defecto de ignorar que el didactismo consiste en estimular el autodidactismo, despertando, suscitando, favoreciendo la autonomía del espíritu.

La condición indispensable de toda enseñanza: deseo, placer y amor. Deseo y placer de trasmitir, amor al conocimiento y a los alumnos.

La hiperespecialización impide ver lo global, así como lo esencial.

La partición de las disciplinas hace imposible captar lo que “está tejido junto”, es decir, lo complejo.

El conocimiento pertinente es aquel capaz de situar toda la información en su contexto.

Debemos integrar los conocimientos para dirigir nuestras vidas.

La gran desunión que existe entre la cultura de las humanidades y la cultura científica, entraña graves consecuencias para ambas.

La cultura humanista es una cultura genérica, que, por medio de la filosofía, el ensayo, la novela, alimenta la inteligencia general, se enfrenta a los grandes interrogantes humanos, estimula la reflexión sobre el saber y favorece la integración personal de los conocimientos.

La cultura científica separa los campos del conocimiento; suscita admirables descubrimientos, pero no una reflexión sobre el destino humano, y sobre el curso de la ciencia misma.

El conocimiento debe ser permanentemente revisado por el pensamiento.

La reforma del pensamiento permitiría el pleno empleo de la inteligencia para responder a estos desafíos y facilitaría la unión de las dos culturas separadas.

La educación debe favorecer la aptitud natural del espíritu para plantear y resolver los problemas y correlativamente estimular el pleno empleo de la inteligencia general.

 

La educación debe favorecer el pleno empleo de la inteligencia general.

Esta necesita de la curiosidad, ligar su ejercicio a la duda, repensar lo pensado, el buen uso de la lógica deducción e inducción.

Es mejor una mente ordenada que otra muy llena.

El conocimiento comporta a la vez separación y unión, análisis y síntesis.

Contextualizar produce un pensamiento ecologizante, situando todo acontecimiento, información o conocimiento dentro de su relación y de inseparabilidad respecto de su entorno cultural, social, económico, político y natural.

Se trata de buscar las relaciones recíprocas entre el todo y las partes: cómo una modificación local repercuta sobre el todo y cómo una modificación del todo repercute en las partes.

Se trata al mismo tiempo de reconocer la unidad en el seno de la diversidad, y la diversidad en el seno de la unidad.

Es necesario ser capaces de responder a los desafíos de la globalidad y la complejidad en la vida cotidiana, social, política,, nacional y mundial.

Aportar por éste espíritu para favorecer la inteligencia general, la aptitud para problematizar, la puesta en relación de los conocimientos. Al nuevo espíritu científico habrá que añadir el espíritu renovado de la cultura de las humanidades. No olvidemos que la cultura de las humanidades favorece la aptitud de abrirse a todos los grandes problemas, la aptitud de reflexionar,  captar las complejidades humanas, meditar sobre el saber e integrarlo en la propia vida para iluminar mejor correlativamente la conducta y el conocimiento sobre uno mismo.

Todo lo que vive debe regenerarse sin cesar. Todo lo que es precioso en la tierra es frágil, raro y abocado a un destino incierto. Igual ocurre con nuestra conciencia.

Conocer y pensar es dialogar con la incertidumbre.      

Prepararse para nuestro mundo incierto es esforzarse a pensar bien, es volvernos aptos para elaborar y practicar estrategias, efectuar nuestras apuestas con toda conciencia. Practicar un pensamiento que se afana sin cesar en contextualizar y globalizar sus informaciones y conocimientos, que se aplica sin cesar a luchar contra el error y la mentira hacia uno mismo.

Es también ser consciente de la ecología de la acción: Toda acción una vez lanzada, entra en un juego de interacciones y retroacciones en el seno del medio en el cual se efectúa. Las consecuencias últimas de la acción son impredecibles.

Hay que tener una fe incierta y la racionalidad autocrítica que constituye en sí misma nuestra mejor inmunología contra el error.

IDENTIDAD TERRENAL:

Hoy podemos concebir a la vez:

Una comunidad de destino en el sentido en que todos los humanos están sometidos a las mismas amenazas mortales del arma nuclear y al mismo peligro ecológico sobre la biosfera que se agrava con el “efecto invernadero”, provocado por el crecimiento del CO2 en la atmosfera, las deforestaciones masivas de grandes selvas tropicales productoras de nuestro oxígeno común, la esterilización de los mares y ríos nutricios, las innumerables contaminaciones, las catástrofes sin fronteras.

La conciencia y el sentimiento de nuestra pertenencia y de nuestra identidad terrena son vitales hoy en día.

El humanismo es el portador de la solidaridad entre humanos, lo cual implica una relación umbilical con la naturaleza y el cosmos.

Un modo de pensar capaz de unir y solidarizar conocimientos separados es capaz de prolongarse en una ética de la interrelación y de la solidaridad entre humanos.

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